«EL DIABLO COJUELO» RESEÑA CRÍTICA de José Vicente Peiró 13-01-2020

El pasado lunes recibí un mensaje inesperado del crítico de artes escénicas del diario “Las Provincias”, José Vicente Peiró: la crítica completa que escribió tras ver una de las funciones de “El diablo cojuelo” en el Teatro La Rambleta de Valencia. Con mucha generosidad, nos ha regalado la reseña y podemos publicarla en nuestras redes. Agradezco enormemente su gesto y, ¡cómo no!, su análisis, las palabras -y el tiempo- que ha dedicado a nuestro trabajo. Es un placer poder compartirlo con vosotros. Aitana Galán, 18/01/2020. Madrid.

Modelo de adaptación

El Diablo Cojuelo
Versión de la novela de Luis Vélez de Guevara: Jesús Gómez Gutiérrez y Aitana Galán (dirección). Reparto: Silvia Espigado, Quique Mongay, Agnes Kiraly, Juan Alberto López, Gloria Albalate. Rambleta (11 de enero de 2020)

Nada más sentarse en Rambleta para presenciar esta adaptación de ‘El diablo cojuelo’, uno recuerda aquellos montajes fastuosos de finales de los ochenta y principios de los noventa. Por aquel entonces un clásico debía tener un vestuario imponente, lujoso e impactante, aunque a veces no tan bien cosido porque el sastre y la modista eran lo de menos, y la escenografía debía ser de patio de comedias, de palacio o de cámara, con decorados caros, o de ataque de director genio muchas veces impregnado de minimalismo o de barroquismo contemporáneo. Afortunadamente, los tiempos evolucionan y se puede adaptar un clásico sin necesidad de acudir al disparatado presupuesto, generalmente público, ni a la fastuosidad como sistema dramático.

La compañía La Radical Teatro demuestra que los tiempos han cambiado y que el ingenio se impone. Porque ha sabido resolver la sencillez como medio escénico en su adaptación de la novela de 1641, ‘El diablo cojuelo’ de Luis Vélez de Guevara (1579-1644). El teatro clásico de los Siglos de Oro tiene en este autor a uno de sus máximos exponentes. La Compañía Nacional de Teatro Clásico estrenó una nueva propuesta de ‘Reinar después de morir’ en junio pasado. Se le considera un continuador de la comedia nueva de Lope de Vega y justo esta compañía ha llevado al teatro una de sus grandes obras que es en prosa, paradójicamente. Tapado en ese cajón llamado “Escuela de Lope”, una forma de elevar a los cielos al Fénix de los Ingenios y que sus andas sean sostenidas por otro buen número de autores como Tirso de Molina, Ruiz de Alarcón o Pérez de Montalbán, Vélez fue un hábil constructor de cerca de doscientas comedias. Sin embargo, alcanzó su mayor popularidad por esta novela debido a la satirización de personas, morales y costumbres. La crítica y la investigación la han marginado en cierta medida alegando su falta de unidad y la oscuridad de su lenguaje, como si muchos textos anteriores y de la época como el ‘Guzmán de Alfarache’ de Mateo Alemán no la tuviesen. Cierto es que es un texto de lectura compleja, pero no tan despreciable por su sentido social. Quizá sea que es una obra de la que se ha hablado más que leído.

Hay que tener cuidado con estas generalizaciones de manual de literatura: ‘El diablo cojuelo’ no es solamente un viaje iniciático de un estudiante, Cleofás, con un demonio rebelde destapando los tejados de las casas de Madrid y hasta Sevilla, porque esta versión teatral también es una reflexión sobre la literatura y la creación. Así es su arranque y el sostén de la estructura de esta adaptación escénica realizada por Jesús Gómez Gutiérrez y Aitana Galán para la compañía La Radical Teatro estrenada en el pasado festival de Almagro. Porque así comienza esta propuesta, con la academia burlesca presidida por Vélez de Guevara y rematada por las premáticas dictadas por Cleofás en la de Sevilla; el principio de esta adaptación que da un carácter metaliterario al inicio autobiográfico del personaje y autor brindando sus intenciones y la génesis de la creación escrita.

El texto adaptado es ejemplar. Diría que es mejor que la novela original. Respetando la historia de Vélez, pero añadiendo otros textos del autor, como cartas y dedicatorias. O coplillas populares. De esta forma, se da al clásico un sentido temático actual, gamberro y desenfadado, sobre todo en la ridiculización de costumbres: la podredumbre social escondida, las diferencias entre ricos y pobres y la hipocresía nos suenan a actualidad. Son los vicios humanos de siempre.

El trabajo de orfebrería en la composición destaca por el vigor de la palabra, incluso en la transformación en verso de la prosa, pensada como medio de contar lo que en la escena de la época no se podía. El comienzo con la petición de la edición del texto en papel es un diálogo prodigioso entre autor y editor, que demuestra las dificultades de la literatura satírica para ver la luz siempre. A partir de ahí se desarrolla el argumento conocido, pero Vélez reaparece varias veces para darle concierto y recordarnos con el distanciamiento que estamos ante una crónica de costumbres llevada a situaciones y desarrollos secuenciales escénicos nada convencionales.

El desarrollo es magnífico y potencia la historia de Vélez. La sucesión de escenas no desvía de la atención y las transiciones no rompen el ritmo. Todo en un escenario sencillo de Silvia de Marta, con seis muebles de color rojo, dos mesas, dos bancos y dos taburetes, sobre los que se construirán las figuraciones de los tejados, las tabernas, la sierra y las casas, a los que se añaden proyecciones de los planos de Madrid y de España en la época.

Si un texto es exigente, aunque mantenga una escenografía simple pensada en rojo demoníaco, y el diablo vista de negro punki, en un espacio amplio, y existan numerosos cambios del estupendo vestuario de Sol Curiel, los actores están obligados a un sobreesfuerzo para ser eficaces. Y lo son. De sobra. Silvia Espigado es un diablo cojuelo firme y convence. Interpreta de forma sublime, hábil en sus movimientos, capeando por la rebeldía y la gravedad, y de forma resolutiva en escenas forzadas, como su aparición con la pesada capa. No busca el protagonismo absoluto: da pie al resto de forma sacrificada. Quique Mongay es un eficaz Cleofás, Agnes Kiraly es una atractiva doña Tomasa, Juan Alberto López como un Luis Vélez de Guevara sobrio, y Gloria Albalate es Ana Caro, la poetisa sevillana de la época, y su voz es de una belleza ejemplar. Pero no solamente representan a estos personajes: todos ellos se desdoblan, salvo Espigado, en otras figuras, damas, soldados, diablos, bandoleros, posaderas y prostitutas, desplegando una cantidad de recursos interpretativos variopintos. El conjunto logra sus propósitos y convence en todo momento en la construcción de un canto coral para subrayar el carácter ‘underground’ de la historia representada, marcado también por el vestuario desaliñado y suburbano, sin perder la base del clásico.

La dirección de Aitana Galán es de una eficiencia completa. Los elementos posdramatúrgicos y la música en directo, muy bien interpretada, sobre todo por Albalate, sin comerse la acción por Pablo Hernández al saxo y Álex Huelves a los teclados, tienen sentido. Reintroducen al espectador que pueda haber salido del curso de la obra y le aportan matices argumentales necesarios. No hay ninguna gratuidad. Es una propuesta muy arriesgada y hace falta mucho talento para desarrollarla convenciendo. Lo consigue Galán con un oficio extraordinario y sin caer en ataques de dirección. Hace sencillo lo complejo.

¿Destacar algunas escenas? Imposible. Aunque a mí me gusten los aquelarres. Porque esa dirección de Aitana Galán es tan equilibrada, que consigue una carretera sin curvas, en línea recta, sin desviarse del objetivo de llegar a un destino. Podría írsele de las manos, pero las apariciones de Vélez reintroducen la historia en sus momentos más débiles.

El resultado es una comedia divertidísima, una muy lograda combinación de un texto complejo que los actores, con una coralidad de engranaje milimétrico, convierten en sencillez asequible para cualquier espectador. Y es de lo que se trata: el teatro debe llegar al público y no convertirse en lucimiento personal, pero sin caer en lo vulgar.

Un acierto de Rambleta, que está reservando sorpresas agradables que pasan inadvertidas para otros programadores.

José Vicente Peiró (Crítico de Artes Escénicas de Las Provincias)

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